sábado, 24 de noviembre de 2007

Muerte al baloncesto

De la final invisible...

Sin duda, no hay cosa menos visible que la que no se quiere ver. Este aforismo de la filosofía griega clásica es esencial para analizar los play-offs de la Liga ACB. La final no ha sido más que otro capítulo esperpéntico de la ola desvanecedora de sueños en la que han convertido los altos rectores al deporte de la canasta.

El desenlace de la liga conquistada por el Unicaja ha recolectado toda la suma de males del resto de la campaña. TVE, en un ataque de incongruencia, ha depositado todo su esfuerzo en potenciar eventos paralelos al desarrollo de las eliminatorias por el título, olvidándose de nuestro deporte cual residuo indigesto, dentro de una opulenta programación deportiva carente de sensatez.

Lejos de exigir el monopolio temático que ejerce Telecinco con Fernando Alonso, lo ilógico es olvidarse de un producto que TVE no ha sabido gestionar ni publicitar. La ACB (y por tanto, el baloncesto) ya no es el segundo deporte nacional, ni el tercero. Ya no atrae a espectadores neutros a sus asientos para ver dos horas de recreamiento. Las audiencias comienzan a comerse la ilusión del seguidor incondicional.

La desaparición del espacio Zona ACB, que cosechaba unos 10.000 telespectadores en alguna de sus emisiones (digno de La Mandrágora o de Redes), y el descenso drástico de la audiencia en los play-offs tras la desaparición de los equipos futboleros, provocan una visión tan esclarecedora como escalofriante: 400.000 individuos seguimos la Liga ACB. Como titulaba un artículo de opinión de Jordi Román (El Mundo Deportivo), “nos estamos quedando solos”.

Si no, pregunten a un amigo cualquiera qué equipo ha ganado la ACB. Y si tienen la osadía, que les digan el MVP de la final. El basket como producto televiso no interesa. Si analizamos el espacio deportivo otorgado en los telediarios de La Primera, obtenemos que se dedica más tiempo al resumen del Costa Rica-Polonia o del Trinidad y Tobago-Paraguay que a la propia final; y eso que TVE no pujó por los derechos del Mundial.

...a la final de la exageración

Afirmaba el escritor francés Henri Beyle que él había empleado gran parte de su vida en defenderse contra la exageración, gran enemiga de la felicidad. El afamado autor de la célebre novela Rojo y Negro se hubiese suicidado ante la expendeduría de bajo coste en la que se ha transformado el baloncesto americano. La NBA, máximo escaparate de esta estremecedora permuta con mercancías, ha puesto en primera línea de fuego la final Dallas-Miami con la firme promesa del espectáculo infinito.

La NBA no sigue más que los designios de la sociedad estadounidense. Lejos de buscar un equilibrio, da constantes giros de timón. Tras años de oscurecerse ante la siniestra sombra del baloncesto control, ahora aboga confesadamente por el showtime de los 80. Las circunstancias no dejan de sorprender: tras incitar a la llegada de figuras a la liga, potenciando el individualismo hasta extremos inconcebibles, y cerrar sus puertas a Europa con el escepticismo tradicional made in USA, ahora magnifican la labor de los pasadores y comienzan a observar aterrorizados que sin los extranjeros el nivel de su querida liga sería muy inferior.

A estos poco les importa el Mundial de fútbol (para ellos, el desconocido soccer), pero ellos pormenorizan cualquier dato referente a los shares televisivos. David Stern se frotaba las manos al ver que la gente se pegaba al receptor, bajo la promesa de emociones fuertes sin los demonizados Detroit y San Antonio en liza; y aficionados como el que escribe se han decepcionado enormemente con lo visto.

La realidad de la NBA se ciñe a más de tres horas de partido (con tiempos muertos de 20 segundos, por publicidad...), insufribles en medio de la madrugada, donde se desarrolla un espectáculo de baloncesto normalito, sin grandes alardes y lejos de showtime que se auguraba por los pretendientes a la corona.

Obtenemos como resultados que Shaq a los 34 ya no es Superman, que el mejor entrenador de la liga también se equivoca, y gravemente, que las excentricidades de Mark Cuban ya ni sorprenden ni tienen gracia, insulte a quien insulte, que los árbitros son los mismos que hace 15 años y cada vez aciertan menos, que Pat Riley ha perdido el glamour de los 80 y que Dwyane Wade (más Dirk Nowitzi) no pueden con la alargada sombra de Jordan, a quien todo el mundo todavía tiene demasiado cercano. Siempre nos quedará la selección nacional, un país, una ilusión

Publicado el 22 de Junio del 2006
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